En estos días ví, un cuuuliiiito en el metro...
El apartamento en el que vivo da al Ávila, pero también al estacionamiento del edificio. Más allá del muro, que separa el estacionamiento de la calle, hay un cuchitril, en el cual, durante una época, tenían el bonche prendido casi todos los días.
Cuando llegaba molido de trabajar y con ganas de dormir, me tenía que calar la fiesta metida en el cuarto porque el sonido llega como si el peo estuviese armado en la sala.
Culo, culito, coño, coñito... así le decimos en Caracas a las mujeres que están muy chéveres.
Afortunadamente, los panitas del cuchitril, suelen poner muy buena Salsa, aunque en ocasiones adquieren visos de ladillosos con lo que se llama Salsa Erótica; pero en líneas generales, batean 300, con el agregado de que cada cierto tiempo tienen un buen grupo en vivo.
Así pasó el 1º de Mayo en la tarde, cuando el que tocaba el timbal se daba con furia. Razón por la cual, me hizo recordar a Paolina, una amiga porteña, del grupo de la escuela de tango (El Amague). Paolina enseña música y le interesan los rítmos afros y en consecuencia los afrolatinos.
La distancia y la buena onda que nos tenemos, ha ocasionado, que cada vez que escucho Salsa me acuerde de Paolina y, lo mismo me sucede con los Tambores.
También se me viene a la memoria que, le quiero comprar unos cedes para que conozca más de la música afro de Venezuela y, que igualmente me propuse grabarle otros cedes como aquel bautizado "Salsa Baires 1" que le obsequié estando en Buenos Aires, y que cierra con el emblemático himno de Roberto Roena y su Apollo Sound "Marejada Feliz".
Hay tetas de tetas, las del culito del metro, eran la perfección hecha tetas.
En Buenos Aires, sentí que por primera vez escuchaba a Guaco. Aunque los vengo oyendo desde mediados de los 70, un día en la ciudad a la que siempre se vuelve, los oí como nunca. Creo que logré apreciar todo el sonido del grupo en su mayor dimensión.
Me quedó la sensación, de que la distancia me había abierto los oídos, no por no apreciarlos antes, que lo he hecho, son parte fundamental de mis gustos musicales, sino porque no me encontraba imbuído en lo que genera su música, es decir, que como ahora no estoy en Buenos Aires, donde el tango se "escucha" en cada calle, me encuentro descubriendo mucho más a Troilo.
Es casi algo budista, verlo con distancia, en este caso escucharlo, permite apreciar cosas que uno como que da por descontado. Las tiene internalizadas, y por cotidianas se nos hacen normales y se van difuminando sutilmente.
Aquí la Salsa está al cruzar la calle. Si uno visita Antímano, conociendo previamente la música de la Dimensión Latina, sus canciones vienen a la mente de inmediato, porque están allí, en el caminar de la gente, en el swing que llevan, en las sonrisas, los juegos de miradas, los saludos, los colores de la ropa, los modismos... esa es una de las grandes virtudes de la Salsa, retratar fielmente el sentir de la gente de a pie. En parte por eso, es un referente obligado de la música urbana latinoamericana.
Así que con lo de Guaco, viajé a Caracas sin boarding pass.
La ví apenas terminé de bajar las escaleras, ella ya estaba en el andén, me atrajo la figura que su cuerpo dibujaba en el aire, esa cosa que tenemos los humanos de ser esculturas vivientes. El metro aun no había llegado, así que me dió tiempo de acercarme... como un metro 63, veinte y tantos años, 26 me aventuré a calcular... unas nalgas que intuí preciosas, envueltas en un jean blanco... morena clara o como diría la canción "Piel Canela"... y unas tetas... que en cubano sería: que tetas caballero... justas, no muy grandes, preciosas, firmes, por aquello de que cuando caminó pude darme cuenta de que el brasier no tenía que hacer gran trabajo... quizá se lo pone por costumbre, por no andar por allí con las tetas como pueblo sin ley o por miedo a que la gravedad las vaya afectando.
Obvio, que en lo que llegó el metro, esperé que decidiera en cual vagón iba a entrar y entré tras ella.
Estaba lleno, así que caminó hacia el fondo y consiguió asiento en el otro lado. Yo me quedé contemplándola desde una lejanía que me permitía disfrutarla en todo su sabor caraqueño. Lo mismo sucedía con tres panitas que se habían quedado mudos cuando la carajita entró. Se miraron como diciendo: pana, mira este culo. Cuando ella se sentó, empezaron los comentarios sobre la chama; y por supuesto, las sonrisas y las risas que se desprenden de los mismos. Eso es: El Coro de la Salsa, el comentario que el grupo hace, la voz del colectivo que se vuelve canción. Y de él, se desprende el relato de la canción, ya que siempre hay un panita que destaca en el fraseo y, van quedando unas estrofas memorables que guian el cuento.
Lo inverso de lo que sucedía en Grecia, en la fiesta dionisíaca, donde los Coreutas cantaban y el Hipócrates respondía con las palabras de Dionisio. Aquí el Cantante lleva la batuta y el Coro lo acompaña en su sentir.
En la voz de Cheo Feliciano, en "Salomé", es así durante unos instantes:
Cheo: Hay que tiempo feliz cuando yo te quise a tí, mi divina Salomé.
Coro: Recuerdo que tuve ayer, amores con Salomé.
Cheo: Pero tanto, tanto, como yo te quise, cosita buena, negrona, mi divina Salomé.
Coro: Recuerdo que tuve ayer, amores con Salomé.
Es un trabajo grupal.
Algo que en el Caribe a través de la Salsa ha quedado muy bien, en Brasil y Argentina en el fútbol, en México se nota en los Mariachis; y esperemos, que en toda latinoamérica también vaya quedando igual de bien, en la gestión pública y en las iniciativas privadas.
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